El 10 de agosto de 1965, como despedida de la sección “Cámaras y micrófonos” en la revista “Bohemia”, aparece la foto de un quinteto donde destacan la placidez del guitarrista (Carlos Emilio), la fuerza al ejecutar del saxofonista (Leonardo Acosta) y la mirada fija del pianista en dirección a la cámara (Jesús “Chucho” Valdés).

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Chucho Valdés

Cuando los años pasen, Carlos Emilio va a ser reconocido como uno de los más importantes guitarristas de jazz en Cuba; Leonardo Acosta, además de su carrera como intérprete, terminará siendo uno de los más grandes musicólogos cubanos y “Chucho” Valdés, un extraordinario pianista, compositor y director.

Nacido en 1941, Jesús “Chucho” Valdés creció en una familia de músicos, ambiente familiar que definió su temprana vocación por este arte; gran parte de ello se debe a la influencia de su padre, Dionisio Ramón “Bebo” Valdés, también pianista y compositor. Según ha contado “Chucho”, era común que en su casa se escuchara lo mismo jazz, que música cubana o clásica.

Tengo lejanos recuerdos de la Orquesta Cubana de Música Moderna, de la cual “Chucho” fue fundador, lo mismo que de Conjunto Instrumental “Nuestro Tiempo”, que igualmente integró, pero para los de mi edad, “Chucho” es el creador de uno de los grupos de música bailable que con mayor profundidad estremeció y revolucionó la música popular cubana a lo largo de los 70 y 80 del pasado siglo. La clave para esto fue una espectacular integración de música cubana con estructuras provenientes del jazz, además de un especial énfasis en aquella zona de la percusión cubana que sólo parecía pertenecer al folclor de origen africano. No hay mejor forma de explicar la significación de Irakere para la música cubana que recordar las palabras al respecto del propio “Chucho”:

La tratamos de incorporar primero a la música bailable y después al jazz y se hizo casi simultánea con dos obras que marcaron pauta: Misa negra y Bacalao con pan. Esta última fue uno de los primeros números bailables, totalmente de pueblo, con tambores batá, de donde se ligó la influencia de los ritmos africanos. Misa negra fue –según la historia- la obra que abrió un punto de partida. Por eso obtuvo un Grammy precisamente, porque fue la luz. Fue como un punto de partida hacia un nuevo camino de las raíces africanas y de la fusión de la música del jazz de todos los elementos”.

A pesar de mi escasa habilidad danzaria, el Irakere para bailadores es uno de los recuerdos hermosos de aquellos tiempos; el sonido del chekere en manos de Oscar Valdés, la fuerza de su voz, la maravillosa trompeta de Arturo Sandoval, el saxofón de Paquito de Rivera, la trompeta de Jorge Varona, el bajo de Carlos del Puerto, la batería de Enrique Plá, la tumbadora de Jorge Alfonso y el también saxo de Carlos Averhoff.

Uno noche lejana, no recuerdo en cuál festival, fue ofrecido un mano a mano entre dos de los grandes grupos del momento: Irakere vs. Son 14, la orquesta de sonido cubano perfecto creada por Adalberto Alvarez. Los números musicales pasaban, la temperatura subía, la fuerza en la voz y sobre el escenario de Oscar Valdés contra la simpatía criolla de Eduardo “Tiburón” Morales, el cantante de Son 14. La última pieza fue “Atrevimiento”, de Irakere, cuyo estribillo decía: “Atrevimiento no,/ ¡respeta!” y en el diminuto segundo de silencio entre el acorde final y el comienzo del aplauso del público, Oscar se dirigió a “Tiburón” y, en tono que mezclaba la broma con el desafío, dijo: “Bueno, qué, ¿vas a respetar o no vas a respetar? ¡Mira!”.

Caramba, ¡qué gracia de música cubana, qué alegría!

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