Pocos músicos cubanos han recibido en nuestra literatura el tipo de homenaje que mereció el trompetista Julio Cueva en la novela La consagración de la primavera, del escritor cubano Alejo Carpentier: convertirse en personaje.

En esta obra, el conocido trompetista y director de orquesta aparece, por magia de la imaginación literaria, transmutado en el personaje nombrado Gaspar Blanco, amigo del narrador de la novela. Ya en una crónica escrita desde París en los años 30 del pasado siglo, Carpentier se había referido a Cueva al destacar a este “admirable trompeta, cuyo instrumento se permite acrobacias insólitas”.

Para entender por qué este personaje reúne no pocas de las virtudes que para Carpentier definen la categoría de héroe, es necesario saber que la novela nos habla de “la conciencia profesional del “músico de baile”, más afecto a su arte, más exigente consigo mismo, en muchos casos, que sus aupados colegas de las orquestas sinfónicas”. Semejante acercamiento al músico popular es parte de un procedimiento de trabajo que marca el pensamiento musicológico de Carpentier y que tiene su expresión más clara en el hermoso volumen Temas de la lira y el bongó (1994).

Además, Cueva era un firme militante político, seguidor de la causa comunista, miembro del Partido (tanto en Cuba como en España), ofreció sus servicios a la República Española durante la Guerra Civil y allí alcanzó el grado de Capitán con el cargo de Director de la Banda de Música de la 46va. División. Derrotada la República, tuvo Cueva que pasar varios meses en un campo de concentración hasta que fue devuelto a Cuba. Recordando la llegada al puerto habanero contó que se había emocionado tanto que “tomé la trompeta y, mientras el buque se acercaba al muelle, lancé al aire las notas viriles de nuestro Himno Nacional y después las de nuestra gloriosa Internacional.”

¿Qué es la música? ¿Cuál es la importancia de un particular instrumento, en este caso la trompeta? Propongo que regresemos a Carpentier, pero ahora a las páginas finales de su novela Concierto Barroco, al momento en el que se produce la despedida del Indiano y Filomeno, este último trompetista negro cubano a punto de ir hacia Paris para asistir a un concierto que allí dará Louis Armstrong. Escuchémoslos:

“Quedas bien acompañado: la trompeta es activa y resuelta. Instrumento de malas pulgas y palabras mayores.” -“Por ello es que suena tanto en Juicios de Gran Instancia, a la hora de ajustar cuentas a cabrones e hijos de puta”– dijo el negro. –“Para que esos se acaben habrá que esperar el Fin de los Tiempos.”– dijo el Indiano. –“Es raro –dijo el negro-: Siempre oigo hablar del Fin de los Tiempos. ¿Por qué no se habla, mejor, del Comienzo de los Tiempos?”

¿Fue acaso ese el mensaje de trompeta emancipada que lanzó Cueva al desembarcar en la Habana?

Como artista, Cueva es de aquellos grandes personajes que dieron brillo a la música cubana ya desde los años 30 en el siglo XX. Miembro de la entonces célebre orquesta de Don Aspiazu y director de los Cuban Boys de Amado Trinidad; integrante de la orquesta de los Hermanos Palau, así como creador y director de la agrupación Julio Cueva y su Orquesta.

Como compositor, creó numerosos danzones y sobre todo dos guarachas inmortales: Tingo talango y El golpe de bibijagua.

¡A bailar!

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