Conozco pocas fotografías del compositor cubano Rosendo Ruiz Suárez, considerado por la crítica –junto con Sindo Garay, Manuel Corona, Alberto Villalón y Patricio Ballagas- como uno de los cinco grandes de la trova tradicional cubana.

Rosendo Ruiz Suárez

Personajes legendarios de una época legendaria, pensamos en aquellos trovadores como seres envueltos en una aureola de aventura, viajando de pueblo en pueblo, armados de una guitarra bajo el brazo y repartiendo alegría por do quiera que pasaban, descubriendo la belleza, enamorándose y dejando amores atrás.

En la familia de mi madre estaba esa persona especial que era la tía Virginia. Ella era la imagen exacta de la protección y la ternura. Pequeña, anciana ya, dulce y desbordante de cariño, siempre con alguna página marcada en su Biblia. Mi madre decía que había sido muy hermosa y que, en su juventud, había inspirado una canción. Años después supe que se trataba de la famosa pieza de Rosendo Ruiz Suárez que lleva como título “Rosina y Virginia” (aunque otros la conocen igual por “Dos lindas rosas”).

Dos lindas rosas muy perfumadas,

se disputaban su lozanía

y los pastores que las cuidaban

enamorados de ellas vivían.

El uno dice que sus pesares

sólo Rosina quitar podría

y el otro siente agravar sus males

si no se apiada de él Virginia.

Se columpiaban entre flores perfumadas,

tiernecitas mariposas trinitarias

y exhalando sus perfumes embriagadores

caen por siempre ya rendidos los pastores.

Rendidos ya, de amor, ¿piedad?

Rendidos ya, de amor, ¿piedad?”

La canción es una de las más famosas en todo el repertorio de la trova tradicional cubana y suena de manera particularmente hermosa cuando el estribillo es ejecutado a dos voces, cual se tratase de un juego de pregunta y respuesta. La letra, por su parte, vale como ejemplo exacto del tipo de sentir caballeresco que los viejos trovadores proponían, la elevada delicadeza del lenguaje y el concepto base del amor como un hecho e ideal que, si bien constituye el lugar supremo al cual aspira el cantor, también es una especie de imposible.

La segunda estrofa -puesta toda al servicio de introducir los nombres de las muchachas a quienes va dedicada la canción- es quizás la más débil, con esa torsión de la sintaxis que viene de colocar el verbo al final de oración (“sólo Rosina quitar podría”). La tercera estrofa, por su parte, con el uso del diminutivo (“tiernecitas”), agrega un elemento que nos sitúa entre la infantilización y el exceso sentimental. A continuación, los últimos dos versos de la estrofa nos regresan al punto inicial: la construcción de un paisaje bucólico que aparece como proyección fantasiosa (y deseada) del mundo real, un refugio.

Sin embargo, lo que en este contexto sí que es un hallazgo absoluto son las palabras del estribillo, de habilidad impresionante para concentrar (¡en apenas una línea!) las contradicciones del amor, pues aquellos que (a causa del “perfume embriagador”) caen rendidos, son los mismos que (tal vez porque al entregarse al sentimiento se desprotegen) solicitan, del ser amado, piedad.

Hermoso, conmovedor y enigmático es el proceso gracias al cual la belleza -de aquel par de muchachas-, al inspirar a un artista, propicia el surgimiento de otra nueva forma de belleza: la obra, en este caso, una canción.

En esos años de infancia, alguna vez escuché que la verdadera historia era que el trovador había visto varias veces a las jóvenes sentadas en una de las amplias ventanas, hasta el suelo, de la casa en la ciudad de Trinidad a la que se alude en el texto (“tiernecitas mariposas trinitarias”). Pero, ¿qué importa esa “verdad” frente al encanto de la fantasía creadora?

O sea que, si se trata de mí, me quedo con la “verdad” de la canción.

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